Volver a Borges
Yo me conformo con imaginar un color y un ruido de tambor
Abrí el chat para ver la imagen que me había enviado: una copia de Cuentos completos de Jorge Luis Borges. Le había contado por meses, cada que podía, que Borges era “otra cosa”, que lo leyera para tener con quién hablar de él, que le gustaría.
Borges para mí era uno de los grandes nombres y nada más, una puerta prohibida a la que podía acceder después de seguir un número calculado de pasos que me serían revelados, cuando estuviera lista, por alguna autoridad imaginaria. Borges era un dolor de cabeza. En el círculo de estudiantes de letras lo hacía menos para librarme de la pena impuesta de no poder leerlo. No es él el único. Me detuve ante Castellanos, Joyce (todavía) y todos los poetas en espera de mi señal de entrada.
Durante los primeros meses de aislamiento por la pandemia comencé a mirar el canal Better Than Food de Cliff Sargent por su primer video-reseña, dedicada a las Ficciones; lo escuchaba cuando pensé “quiero leer como él”, como si la lectura nos permitiera copiar un estilo, entonces para la siguiente Navidad pedí las Ficciones. Lo leí sin entender a penas nada.
Por las noches tenía sueños sobre Judas y al despertar olvidaba que lo había leído el día anterior. Por las tardes sentía pasar frente a mis ojos el rosa de las encías de animales salvajes. Llevaba la vida como si fuera un callejón de laberinto, en silencio y con una voz detrás que anunciaba que todo era fantástico. No entendía nada al leer, volvía a mirar los párrafos, anotaba nombres en post-its amarillos que siguen pegados en mi copia guardada en una caja porque creí que era posible encontrar algo más grande en las Ficciones, algo literal que de golpe me haría entenderlo todo.
Los libros que leí durante el mismo período tienen rastros de mi delirio borgiano. Más post-its con más nombres, traducciones, notas para regresar después de buscar mis confusiones en Google hasta el día en que me rendí. Me rendí por la comodidad que trae consigo el caos. Fue, creo recordar, El hombre duplicado de Saramago el libro que me ahogó por completo en confusiones cálidas como el agua de un chapoteadero bajo el sol.
Mis amigos de la universidad leían a Borges, pero nunca se quiere hablar de literatura en la facultad, lo mencionamos de vez en cuando, leímos en grupo La casa de Asterión, nos indignamos cuando nos dimos cuenta de que ninguno sabía de Macedonio Fernández. Sí que había con quien hablar de Borges pero aquí, con mi remitente, volver a Borges es volver a construir.
Las relaciones con los demás, amigos, familia, parejas, es tan amplia, laberíntica y particular como una de las ficciones. Pienso en Funes el memorioso y su enfermedad a los límites ahora que vuelvo a Borges; sus cuentos, aunque sean los mismos, ahora han cambiado y son para mí un canal de comunicación: durante el último mes hablo de los Cuentos completos constantemente al punto en que me rebasan. Mi remitente se adentró desde el inicio del laberinto y ahora en el centro busca la salida mientras que yo inicie en el centro y no pienso en irme. Me pregunta a menudo qué es lo que sucede en los cuentos, me cuenta las veces en que relee para encontrar una respuesta. Creo que es el rito de paso borgiano creer que debemos resolver un misterio como lo hacen sus personajes. Le digo que no tengo ninguna respuesta, que seguramente tenga razón pero debe encontrar una forma de probarlo.
Él es literal, yo soy de metáforas empañadas. Cuando hablamos de la forma en que miramos las imágenes de Borges hay entre nosotros un enorme vacío en el que él dibuja con placer y esfuerzo cuando yo me conformo con imaginar un color y un ruido de tambor.
La lectura es una actividad solitaria, siempre se puede compartir un momento con el otro pero no es posible leer entre dos con una sola alma. Crear un vínculo a través de la lectura es soñar algo que merezca “participar en el universo”, encontrarse a alguien en el centro del laberinto para entender sus paredes, la naturaleza de sus hojas, la transformación de tierra y cielo. Entonces volver a Borges no se vuelve un ejercicio literario sino volver a creer que una no debe estar sola.

